El punto más destacado del primer año del gobierno de Michelle
Bachelet ha sido, a mi juicio, el nacimiento de la figura política más
importante de la democracia chilena de los últimos años: Rodrigo Peñailillo.
Dice el mito urbano que, cuando él era presidente del centro de alumnos de la
Universidad del Bio Bio y vocero de la zona sur de la CONFECh, tenía el control total de todo el
accionar de los estudiantes en lo que, a política, refiere. Como Gobernador de la Provincia de Arauco se aplicó la Ley Antiterrorista.
Como Ministro del Interior en este periodo se puede conjeturar varios
movimientos de una estrategia, cuya autoría ha sido invisible a muchos
analistas de la opinión pública; tanto anular a sus enemigos políticos en la
vereda conservadora, mientras se aprueba a una velocidad record una serie de
reformas de fondo, así como poner en jaque a aquellos miembros de la coalición
de gobierno que obstaculicen su gestión.
¿Cómo se hace verosímil la conjetura que ve en Peñailillo al
cerebro de este primer año de gobierno? La primera jugada, que es visible desde
Presidencia, fue el envío abultado para la discusión de una batería de reformas
que corrían en carriles paralelos. La “retroexcavadora”, como la llamó el
presidente de su partido (el PPD), atacó en varios frentes la institucionalidad
vigente, haciendo imposible que, la minoría parlamentaria de derecha, anulara
esta metáfora que, en el fondo, era de su autoría. Impone así el relato de una
lealtad irrestricta al programa y al mensaje presidencial; en este contexto, movió dos fichas leales a
este principio: Arenas y Eyzaguirre; este último, otro PPD.
No obstante, la minoría de oposición logra aunar un discurso que
apunta a las deficiencias de estas
reformas, encendiendo las alarmas. Un
gobierno ciudadano, mal que mal, se debe a las encuestas. Sin embargo,
Peñailillo acoge un diálogo con el centro liberal disidente que, si bien se
opone a una Reforma Tributaria, negocia la base política para la aprobación de
un pacto de Unión Civil que legitima relaciones civiles, más allá de la esfera
familiar tradicional.
Y es en ese momento que Peñailillo saca una carta bajo la manga:
el SII. Dado que el Ministerio Público no tiene la potestad de querellarse por delitos
de evasión tributaria, es a través de la facultad política que le otorga la ley
que, a través del SII dirige sus fuerzas al grupo que financia a la UDI. Su
genio es aprovechar la contingencia de delitos funcionarios al interior del SII, donde en vez esconder y proteger un statu quo burocrático, encuentra el
sustrato moral de la Reforma Tributaria: eliminar el FUT. Con ello, legitima un
escenario tolerante para aumento de tributos.
No es trivial que no ocurra lo mismo con los financistas
históricos de la Nueva Mayoría, grupos económicos, sino iguales, más ricos que
Penta. El asunto no se trata de recaudar impuestos sino que dejar fuera de
juego a la oposición. No es un tema de equidad, sino de poder. Así, ha logrado
que los medios y las redes sociales centren sus ataques contra los más férreos
opositores a las reformas y, de paso, opacar sus críticas; le ha dejado en claro
a todo establishment político, sin
excepción, que cualquiera puede caer mientras él sea Ministro. De paso, humilla
al ex ministro estrella del primer gobierno de Bachelet, Andrés Velasco; el
cual entonces era el único crítico insider
a la NM; así, no solo anula sus crecientes posibilidades presidenciales,
sino, peor aún, su discurso que apelaba a una autoridad moral respecto a las
malas prácticas gubernamentales.
Es entonces que, aprovechando la subrogancia que le otorga las
vacaciones de la Presidenta, filtra el tráfico de influencias que involucra a
su hijo; nuevamente la opinión pública está en sus manos; la Presidenta
mientras guarda silencio, es objeto de implacables ataques; su hijo renuncia, y
ella se ve obligada a acusar ignorancia. ¿Traición? No. Llena un vacío de
autoridad. Luksic, el hombre más rico de Chile, y financista del escándalo
familiar, queda en la mira y en deuda.
Así, mientras se empodera, su superior se debilita; situación que
aprovecha para sacar a la encargada de comunicaciones y mano derecha de la
Presidenta. De seguro, ahora ocupará su lugar alguien idóneo para salir del
anonimato en el que permaneció en este primer año y entrar de lleno a la
carrera presidencial. Así, podrá capitalizar todo lo que al parecer le estará
vedado a Bachelet. Signo de esto, es que al día siguiente de la salida de la
aludida directora de la SECOM, Paula Walker, su partido, el PPD, le ofrece un
almuerzo de camaradería: Tohá, Eyzaguirre, Girardi, Tarud, Harboe, entre otros,
lo felicitan. “Un
ministro del Interior no necesita apoyo particular. Nosotros lo hemos apoyado
siempre. Él es un gran ministro del Interior que ha enfrentado momentos muy
difíciles, muy duros, y lo ha hecho con sabiduría en las cosas que él ha
podido resolver: hay otras que no son de su ámbito y no ha tenido la
posibilidad", acotó Girardi. Esta cuña que ocupa sólo un espacio
secundario en un medio digital, contrasta con las imágenes ampliamente
difundidas que muestran a empresarios encarcelados, al presidente de la UDI
renunciando y a un incómodo ex presidente Piñera obligado a reconocer una vieja
amistad con el principal acusado, el cual es formalizado por delitos
tributarios y por el delito de soborno. Soquimich es la carta que obliga a
su único rival, Girardi, a retroceder y elogiarlo.
A mi juicio, el único flanco
pendiente para que él sea el próximo presidente de Chile, es una negociación
con el hombre más rico de Chile. Su fortaleza: el espíritu penquista que
recuerda un origen mesocrático sin tejado de vidrio. De este enfrentamiento
dependerá que Peñailillo no sea sólo uno más entre sus antecesores, sino el
primer presidente de Chile que logre gravitar la actual dependencia del Estado
de Chile de grupos económicos
transnacionales, hacia la independencia de aquel, en un sentido políticamente
liberal.
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