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martes, 16 de agosto de 2011

Simplemente nada

En el primer día nada humano fue impersonal. No había deber moral, en lo más mínimo. La obligación nació con el tiempo, por miles de años, uno tras otro, a fuerza de homicidios, venganzas y ultraje, hasta que llegó a ser tan interna como el sistema sanguíneo. Además, no fue lineal. Lo humano se expresó de diversas formas, en diversos mundos, hasta llegar a la poesía, en una servilleta manchada de vino. Lo humano –y yo soy uno de ellos, creo- me es extraño. Y es extraño que me lo sea, sin ser un extranjero en mi mundo interno, a veces tan deshabitado como recitar décimas. De hecho, hoy miraba después de la lluvia, el paisaje que se forma desde la precordillera, bajando sutil como el cuello femenino, en un centro que a lo lejos es débil y silencioso. Y esa hermosura era humana, pero extraña. Había una ciudad en el fondo, y humano era el que miraba. Y sólo eso.

Por lo mismo, por espacios en el día todo me parece todo un sinsentido achurado. La vida propia, las luchas, las ganas de hacer, en un ateo por default como yo –sin el miedo a la muerte- sería un proyectil en la sien, mirando de reojo las faldas de una mujer. Saber que nuestros ojos emanan luz, en la forma de una conciencia, a veces sensata, me produce vértigo; no puedo entender a dónde van los ojos con todo esto. Por un rato, mi única droga es sonreírle a cualquiera y ver la alegría que produces.

En el fondo, cada vez menos palabras; desánimo infinito. A veces, esperanza; que me caiga un rayo y me haga olvidar todo. Sentir el duelo ajeno como propio. Querer ciudades más enteras, sin aire acondicionado. Quizá no quiera ciudades.

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