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miércoles, 4 de mayo de 2011

JUSTICIA Y FANATISMO RELIGIOSO

En una conocida conversación entre Sócrates y Trasímaco sale al tapete por vez primera una discusión que hoy me inquieta nuevamente después de la sentencia de Obama, “se ha hecho justicia”.
En esta conversación que encontramos en el texto fundacional de la política occidental La República se discute qué es la justicia, y en dicha conversación se establece al menos dos cosas: una, que la justicia no es infringirle daño al enemigo y beneficiar al amigo, y, segundo, que simplemente no es una forma de infringir daño. Esto resulta mayormente problemático cuando se ve la justicia desde su accionar como el poder penal del juez: el castigo. Si no es una forma de infringir daño, ¿cómo es posible el castigo?, es decir, ¿cuáles son las condiciones morales y políticas para que el castigo no constituya una forma de daño y, por lo mismo, una forma de injusticia?
A esta discusión cabe además añadir al menos dos puntos que encontramos también en las conversaciones platónicas, insisto, fuente originaria de nuestra occidentalidad jurídica y moral precristiana. Y es que la justicia no es una forma de convención o acuerdo y, sumado a ello, que en algún nivel de análisis el castigo que involucra la justicia, por analogía a la filosofía misma, es una forma de educación, involucrando por tanto, persuasión y asentimiento por parte de quién es juzgado. Es decir, si bien la fuente misma de la justicia no es un elemento contractual, y por tanto el juez no actúa por acuerdo, sino por conformidad a las leyes, al castigar a un presunto delincuente debemos estar en condiciones de volver conciente a quién es juzgado de lo que ha hecho. No basta, por lo tanto, con castigar a alguien causándole algún tipo de “daño” justo, sino que además éste debe ir acompañado de una cierta comprensión y toma de conciencia por parte de quién es juzgado. Y quién juzga lo hace conforma a la ley y no a un acuerdo o una asamblea, ¿estamos claros?
Pero, ¿a qué va todo esto? Luego de la presunta muerte de Osama Bin Laden se ha puesto en el primer lugar del debate la veracidad del hecho. Esto parece de perogrullo y de la mayor relevancia, mas, en sí mismo, frente a la cuestión filosófica de fondo y, esto es, moral y política no lo es. Supongamos que Osama no ha muerto, y que todo es una conspiración del sionismo americano. No obstante ello, considerado el hecho como falso, nuestros gobernantes occidentales y especialistas de distintas latitudes, en un estado de creencia ignorante, se han pronunciando como un hecho -política y moralmente- valioso: “se ha hecho justicia”. No hay lugar en el mundo que un tipo como éste quede impune. Mas en esto existe el mayor problema.
Si estando en un estado de creencia ignorante, se creyese que es justo acribillar a Osama, indefenso, rodeado de niños y mujeres, enfrentado a la elite militar del mundo occidental (30 a 1), para posteriormente ser lanzado al mar, lo que valoramos como justo es simplemente una forma de daño, que en la perspectiva del padre intelectual de Occidente es una forma de castigo injusto. No hubo juicio, procedimiento, nada. A este punto sale el debate la legalidad del procedimiento militar, en principio avalado por la ONU en una resolución que “autoriza la acción contra el terrorismo” y, por otra, por un acuerdo entre Pakistán y EEUU, donde éste último, previo protocolo de rigor, está facultado para entrar en tierra pakistaní y hacer suya una acción bélica de este tipo. En términos técnicos, la justicia del hecho estaría avalada por una acuerdo o convención, la cual, al parecer del divino Platón, no es ni será la fuente última en la que se funda una acción que se define como justa, ni constituye propiamente el proceder de un verdadero juez.
Pero, con todo, se me viene un aspecto aún más inquietante respecto a la forma en que se ha avalado una acción más allá de si es verdadera o no, y es el hecho que frente a una clara forma de homicidio calificado, al parecer autorizado por el mismo presidente de los EEUU (el que según nuestra concepción moderna no es un juez), todos los restantes gobernantes al unísono concuerdan con la forma de “hacer justicia”. Entonces, ¿porqué esos mismo presidentes, en gran parte, consideran que la pena de muerte no es una forma legítima de sanción penal? O visto simplemente así, ¿acaso la fuente jurídica de occidente tiene como motivación la vieja y bárbara práctica de la ley del talión?
De ser verdad que Osama Bin Laden fue ajusticiado, conforme a la práctica señalada por el mismo poder militar americano, estamos frente a una traición de nuestro origen occidental. A esto se suma que ya desde la antigua Grecia y en casi todas las culturas no existe peor crimen a la Ley Divina que no dar sepultura digna a un muerto, fuente de generaciones de hijos de detenidos desparecidos que justifican que no olvidarán, que no perdonarán al justiciero.
Esto sugiere un último punto. Osama Bin Laden, según testimonian los registros audiovisuales que justifican su propio accionar, entiende a Occidente y, principalmente, a los EEUU, como los representantes del mal en la tierra, del demonio encarnado. En este contexto su accionar movido por el fanatismo religioso no es sino una forma de sagrada defensa, de guerra santa. Su justificación última además viene acompañada del hecho -por todos reconocido- de los abusos de Occidente en tierras árabes, con la venia de los príncipes saudíes, donde miles de personas han muerto y sido torturadas en nombre de la “defensa de occidente”, de la “guerra contra el terrorismo”.
Sin embargo, al ver a las masas americanas celebrar -a mi parecer- la sanción injusta de un hombre (aún si el hecho no es verídico), con una algarabía propia de un evento deportivo, hay algo que me inquieta y me hace dudar. Una vez más se ha traicionado el origen de Occidente, que en las enseñanzas platónicas de la Grecia clásica buscaron imponer un criterio racional que justificara el castigo y los procedimientos de ajusticiamiento. Primero fue Sócrates quién vivió en carne propia el ser juzgado por una Asamblea movida más por le estómago que por la cabeza. Pero más aun, llama la atención que nuestra occidentalidad, también mediada por la palabra de Cristo, Ama a tu Enemigo, quede opacada por la brutalidad militar de un hombre que se hace llamar demócrata.
Osama Bin Laden murió como santo mártir para los suyos, más allá de las barbaries que estaba dispuesto a realizar en nombre de Alá. Visto platónicamente, tampoco se cumplió con las condiciones de un trato justo que involucra un diálogo persuasivo y la conciencia del castigo. Esto en la actualidad se llama debido proceso, y exige pruebas y juicio. Los sectores radicales del Islam recuerdan el origen del cristianismo con sus acciones que sólo tienen sentido en la fe y el martirio y, por cierto, no en la razón. Pero ésta última subió la vara, para de una buena vez ponerse a pensar. No obstante, la razón se viste de barbarie y, pero aun, cree que a los ojos de la fe ha ganado una guerra.

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