Quisiera escribir un poema que se llamara Nostalgia. Porque veo una pareja, con su hija y su pololo. En un restaurante en Valdivia, donde se detuvo el tiempo y suena de fondo una balada romántica. Hay luz interior, como en cualquier noche de otoño, mas no hace frío a pesar de estar tan al sur.
Quisiera escribir un poema que se llame Nostalgia, escrito en las sonrisas del amor adolescente, en las miradas cómplices de unos padres alegres que descansan con la alegría de sus hijos.
Parece que hay hombres destinados a ver estas imágenes sólo desde la mesa del frente y a sus espaldas, y compartir con ellos sin ser visto.
No puedo dejar de recordar a mi padre, con quién nunca compartí la mesa con mi madre. No puedo dejar de acordarme de esas noches, cuando llegas y tienes que dormir. Cuando es noche oscura y el silencio es opacado por la seguridad de sus ronquidos.
Quiero escribir un poema que llame a la Nostalgia que traiga a mi padre de vuelta por un segundo y me permita darle el último abrazo, que no me haga sentir vacío. Como si la poesía -y en eso sí creo con la fe del carbonero- trajera a los muertos, vivos, y encerrara a los vivos en las celdas de lo divino.
Tomaría un segundo la rima, por un segundo con ritmo cardíaco; reiría en torno de un televisor con fútbol, leería los diarios el domingo y almorzaría bajo el parrón, con sed y vino.
Mas, Nostalgia sólo llega y va al encuentro de lo no vivido; Nostalgia es sólo el sol de primavera, la luz de los niños. No es un poema, ni yo un poeta.
viernes, 8 de abril de 2011
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