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viernes, 17 de diciembre de 2010

Voz en off "El profesor"

Vivo en Chile, ¿un país tan al sur del mundo, como entendamos a éste inmerso en el Universo? Chile es un país especial, y no lo digo porque haya nacido en él, sino porque si uno da una vuelta en el vecindario, nota diferencias radicales de cómo es el diario vivir, el trabajo, y cómo nuestra relación con el espacio público están determinados por el afán de éxito material individual. A esto se suma, la presencia de una fuerza conservadora y elitista que gobierna de manera subrepticia los quehaceres más básicos, lo que redunda en que nuestra educación no sólo está orientada a fortalecer las diferencias, sino que además inculca miedo y un sentido de dependencia que aún se refleja en expresiones tan asentadas como decirle al jefe, “Don…..”.
Por años me motivó la educación como un asunto que debía llevar conmigo como quién siente desde adentro una idea de que las cosas pueden cambiar. Por lo mismo, desde temprano me propuse ser un profesor.
En Chile la discusión se concentra en contar un historia pasada de una educación pública, donde el magisterio gozaba de buena salud, junto a sus gloriosas instituciones, lo que contrasta a un presente hostil donde el mercado juega un papel central en las prorratas de méritos y cargos.
Pero vamos por parte. La otrora educación pública estaba diseñada para una clase media burguesa que -en fin- constituía una elite de segundo grado, muy mimetizada con los afanes conservadores de la aristocracia, ya decadente, cada vez menos agraria, cada vez más urbana; en este escenario, más de la mitad de la población estaba excluida, una mitad que estaba en lo que hoy los economistas llaman situarse bajo el umbral de pobreza y, esto es, en la marginalidad.
Este modelo sufre cambios en la Unidad Popular de Salvador Allende donde se introducen, para bien o mal, cambios sustantivos e ideas innovadoras que buscan aumentar la cobertura, igualar las condiciones de partida de los ciudadanos tradicionalmente excluidos, fomentando la educación técnica, el trabajo en grupo y la horizontalidad de los estamentos involucrados. El error, un lenguaje subversivo y resentido.
Desde un punto de vista político –esto es, del interés del colectivo- esta reforma pone en evidencia el carácter que presentaba entonces la educación pública, y más aún, la importancia que tiene la educación privada en el desarrollo pseudo cívico de las elites.
Al intentar equiparar a ambas, intervenir los curriculums y -cómo es usual en la doctrina marxista- crear un nuevo hombre, las clases dominantes rechazan los cambios y restablecen el orden por medio de una dictadura militar.
En ella, se retoma la senda de la exclusión, pero por medio de reformas sustanciales a la institucionalidad y con un formato tan revolucionario como el anterior.
Por una parte, la doctrina neoliberal descentraliza el poder de gestión de los colegios públicos, municipalizándolos, debilita de paso la educación técnica y entrega su gestión a sostenedores que buscan lucro. Además, se crean las universidades privadas, las cuales compiten en un mercado de matriculas con las públicas, se disgrega la Universidad de Chile (universidad pública por excelencia), rearticulada en pobres y desfinanciadas universidades regionales. Entonces se exoneran o torturan a los profesores que no comulgan con el régimen, y se aumenta la cobertura educacional con el sólo énfasis en una meta: los estudios universitarios. Con todo, entran las trasnacionales en la educación, lo integran con el negocio bancario, alimentando -ahora en democracia- de hormigón armado y publicidad los deseos profesionales de un alumnado ferviente de éxito económico.
No obstante, este último rasgo no real significado histórico, si no tuviera un asidero psicológico en la actitud arribista de los chilenos; en ese carácter aspiracional que nos distingue de un vendedor de artesanía ecuatoriano que emigra a Europa. El chileno prefiere robar o enriquecerse rápidamente. La universidad representa mutatis mutandis el fast track social a otro rango.
Es esto lo que en el tiempo ha permitido que el sistema perdure y fortalezca, volviéndose preclaro el fondo de nuestra actual -y nominal- educación pública: es un contenedor social, una suerte de patio trasero donde la exclusión lleva uniforme y las oportunidades son tan falsas como inoportunas. De público tiene tanto como una plaza sin juegos.
Hoy sigue en el tapete la educación, y se busca fortalecer la educación en vistas a las competencias laborales, al mundo laboral, frente a las elites que más preocupadas de trabajar pueden aspirar a pensar, a darle una vuelta a las cosas: beber del sudor de sus abuelos, aprender a dominar y amar.
Todo esto, que suele sonar a un discurso más sociológico que nada, tiene un extraño arraigo en el día a día. Cada vez que me vuelvo sobre un ciudadano, sobre un hombre o una mujer de carne y hueso, huelo, y huelo en mi, el silencioso andar de una cultura radicalmente competitiva donde el mayor perjudicado es justamente la educación……

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