Había escrito por años pensamientos fútiles, incluso infantiles; pero esa mañana algo había cambiado en mi ánimo. No sabría explicarlo, son de esos cambios que ocurren sin razón suficiente, no obstante no son un mera nada. Ir contra el principio de razón suficiente ya es algo raro; pero constatar un cambio tan presente no lo es.
Entonces, se me vino a la cabeza la necesidad de notar lo grave que es la existencia, en cada de una de sus etapas inconclusas. Cada vez que intento cerrar algo me veo al lado de mis pares, los veo haciéndolo, en cambio, mi carácter voluble impide que eso sea así en mi persona. Y, por lo mismo, que ese sin cierre se me haya vuelto un dolor inmenso, interno como pocos, para volverme sobre la escritura de una manera radical, sin miramientos o temores por el que dirán.
Es que vivimos en una época donde todos te preguntas qué haces, antes de saber quién eres: y no es fácil. Porque cuando no tienes claro qué haces, o lo que haces no clasifica como algo que hacer, todo se vuelve irremediablemente hostigante. No hay con quién hablar, sin que sea un verdadero asunto la cuestión en el centro de la conversación: siempre son personas de las que se habla, entre risas, y chistes mediocres se van los días enteros.
Este es hoy el calendario de occidente, donde ya no hay motivos profundos o todo lo profundo se ha vuelto superficial. Por lo mismo, esta mañana tomé la decisión radical de guardar silencio, como una forma de escritura originaria. No olvidemos que la escritura es anterior al habla en el orden de los humano y el que diga lo contrario recoge huesos y no estudia lo humano. En este orden de cosas Dios no es más una bella estatua, un recuerdo de tiempos mejores donde te quemaban por pensar diferente o, peor aun, por pensar. Por lo mismo niego a Dios, o lo intitulo el innombrable en la gramática de este nuevo verso, el verso del silencio.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
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