Un amigo me contó que hace años que no miraba el teléfono esperando que sonara; volver otra vez a ese ejercicio de memorizar las palabras de una mujer, cuando te habló el día anterior –me recordaba. Hay algo tan raro en el cariño, como ese inquietante sentido de inseguridad, de no querer ser parte de nadie. Porque hay algo en el sentido de falta de pertenencia, y es que no hay mayor engaño que apropiarse de la belleza de alguien. Pero es inevitable, al verse sobrepasado por una sonrisa y que el estómago salga por la boca y todo dé vueltas.
Los años, no obstante, no pasan en vano. Es posible contenerse y dedicarse a contemplar. Porque en el sólo mirar, sin dar espacio a la codicia amorosa, al exceso de ego que significa dejar de ser uno y volverse pareja, está el único modo de conservar el lugar por uno se adentra en el otro: los ojos. No hay nada más terrible que doblegarse, finalmente es como cerrar un libro. Pero, es inevitable cuando las historias llegan a su fin.
Pero esta vez -insistía mi amigo- “me pasa algo”. Me detengo, juzgo reflexivamente todas las posibilidades, lloro de sólo pensar en perderla, y me quedo con la siguiente frase: no se puede desear lo imposible.
Porque esa sería la respuesta después de perderlo todo, en un escenario como ese: fui un soberbio, me comió la codicia. Quería lo imposible y en la vida no se puede tener todo. Por ejemplo, no se puede estar media vida sentado en una biblioteca siguiendo la marcha de esos pies de paloma que escriben los filósofos. No se puede ver al pasar, día a día, cómo el mundo se detiene en el progreso, y cada hoja que cae no es más que una lágrima de esa madre que nos dio el agua y la sal para nacer y morir. Porque no se puede tener todo en la vida y mi imaginación sobre exaltada -sentenció mi amigo-, no me lo perdonaría, porque con ella delante no tiene nada que hacer. Lo tiene todo.
lunes, 1 de febrero de 2010
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