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lunes, 5 de octubre de 2009

quinto básico

Quiero recordar un sueño. Sí, quiero abrir la ventana y mirar, como de niño, los autos, que pasaban frente a mi casa en una tarde de sábado. En el fondo, los ronquidos de mi padre y mi madrastra, en una siesta eterna, rodeado de libros. Quiero reconstruir un pedazo del mundo que me fue despojado, sin previo aviso.
Qué sueño más hermoso sería, ¿no?, el conocer la capacidad que tiene la palabra en el compromiso. Porque las promesas son la cosa más rara del mundo. Tienes a alguien que te promete su soledad, sus espacios vitales y sus lágrimas.
Cuando muy pequeño, cuando mi madre aún no cometía sus peores errores, me sentaba al lado de una compañera, que hasta hoy día despierta mis mejores recuerdos. En invierno, se inundaba la ciudad, la sala tenía una luz que precisaba con majestad su rostro, y entonces debíamos recuperar los sábados las clases que perdíamos en la semana. Yo tenía entonces un estuche grande, verde, de cuerina, que permitía albergar una buena cantidad de lápices. Mi compañera siempre tomaba uno en especial. Uno que dibujaba trazos dorados.
Ese invierno fue muy crudo. Pero algo hizo de ese quinto básico, algo gratamente inolvidable. Mi compañera estaba de cumpleaños en agosto, y buena parte de esos sábados habíamos sido los únicos que íbamos a las clases recuperativas. Si bien nunca tuve un compromiso con ella, sentí como nunca antes la compañía de alguien. Entonces, el día de su cumpleaños fue algo que me tenía en ciernes. Más despierto que nunca. Por cierto, le regalé uno de esos lápices que ella con tanto gusto registraba en mis cosas. Escribía su nombre y me llenaba de corazones mis cuadernos. Yo me dejaba, sin importar las bromas que recaían en una conducta tan dócil como la mía. Es que entonces estaba con unas cosquillas que en la noche me dormían de alegría. La sonrisa al entregarle el regalo me hizo ver mi propia alegría.
Mi imaginación entonces perdió su virginidad; no obstante, no habría sido capaz de besarla. Prefería conservar esa infinita felicidad que tenían esos sábados. En la semana no era lo mismo, a veces ni siquiera me crucé una mirada con ella. Pero las imágenes rastreaban cada paso que ella daba.
Hasta que pasó lo que tenía que pasar. Un niño, de otro curso, se le acercó y le dijo algo que no escuché y ni siquiera pude imaginar. Lo único que veía es que ella ahora andaba de la mano de él. Sí, esa misma mano que me habló con un lápiz dorado sobre mi estuche. Estuche que guardé por años hasta que perdí la cabeza. Entonces, me pregunté que había en toda esa alegría que ahora se volvía lágrimas, lágrimas secretas y a quién nadie podía contar. Quizá debí haber hecho una promesa, prometer algún sueño. Pero tengo algo de idiota, algo que nunca me ha permitido sonreír a las espaldas del público. Simplemente, me volví algo más sensible, algo más precavido. Y ese sábado volví a contar esos autos, no más de cinco, que pasaban una tarde de sábado frente a la ventana de esa biblioteca.

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