Albergo cuidades en mi rostro,
A tal punto me miran sus ciudadanos,
Que recogen semillas
y siembran sus antepasados en mis mejillas.
No hay sonido esta noche en que me miro al espejo,
larga y sombría,
Después de un fútil atardecer.
No hay generosidad en estos parajes,
Las miradas se ciernen en abismos y golondrinas cabisbajas.
Desconozco por qué silencian estas almas dormidas,
¿Es que acaso no hay linternas en sus sueños?
¿No hay almohadas que las despierte con sonora cabalidad?
Es que mi tristeza reside en que estoy vacío,
Todas mis historias convergen,
En un mismo sitio,
Y ya no hay lágrimas para el olvido.
Siempre sentí la interna necesidad de mirar a lo profundo,
Mi padre me advirtió que era preferible quedarse en la superficie,
El sol brilla más fuerte,
Aunque no deje ver.
Mi padre infinitas veces me hizo entender que los rayos no hablan,
Que dios se fue de paseo
Que las iglesias albergan a los cínicos y su parafraseo.
Pero no me dijo que había que dominar el lenguaje de los hipócritas,
Saber construir mástiles donde flameen las mentiras
La juerga y sus pasiones.
¿Dónde miran ahora los vencedores?
Seguramente alimentarán a sus hijos de cadáveres heroicos,
Llenos de gloria y dolor inmortal.
Pero no tendrán el lustre,
Jamás,
De mirarlos de frente mientras los tiran al mar.
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