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miércoles, 8 de abril de 2009

el agnóstico agradecido

Hace un buen tiempo dios se fue de mi vida en la forma de un conocimiento. Es decir, si hoy me preguntan si creo en dios o si estoy en condiciones de afirmar que dios existe, lo que hago es mover la cabeza, encoger los hombros, mirar hacia un lado. En verdad, no sé. No saber, no es lo mismo que afirmar que dios no existe. Por lo tanto, no soy un ateo, más bien soy un agnóstico. Por lo mismo, jamás le niego a alguien la facultad de saber qué es dios o de afirmar que cree en él. Que yo no sepa es problema mio, no soy un mesiánico que defiende algo al respecto. En verdad, no sé.
Uno cree en dios, lo que no es lo mismo que creer que dios existe. Creer en-, es un acto de fe, creer que-, es un estado de creencia. Lo segundo puede ser verdadero o falso. Y alguno se esmeran por probar su verdad. Lo primero no. Pero la fe es como un regalo. Se cree en- o no. No es algo artificioso. Cuando niño, cuando me enamoraba de las mañanas de primavera, medio mojadas por las mangueras de mis vecinos, yo creía en dios. De hecho, era agradable. Me recogía muchas veces en mis pensamientos de niño y rezaba porque no hubiera gente que sufriera. A veces, perdía el norte en mis plegarias, pero era un niño. Ahora no estoy en condiciones de afirmar que creo o no en dios, pero no porque no crea que dios exista o no, sino porque no sé. No obstante, soy un agradecido de la vida.
Salgo en las mañanas muy temprano, cuando nadie deambula por la ciudad, excepto vagabundos y los recolectores de cachibaches, y en mi bicicleta tomo dirección a la cordillera. Cuando llevo un buen rato, suele amanecer y me vuelvo en la misma dirección sólo que ahora en bajada. Cuando llego, me invade una tremenda alegría, porque en algo tan simple como ese ejercicio mañanero realizo un proyecto de vida. En ese momento me pregunto a qué diablos le agredezco. Porque uno agradece por algo y además agradece a alguien. Salir en las mañanas si fuera un regalo, quién me lo dio, no lo sé. Quizá por eso sea el mismo: dios. De él no sé nada, ni cuando llegó ni cuando se fue. Pero doy gracias y muchas. Podría morir hoy mismo y estaría agradecido. Si no es porque espero la llegada del amor, del profundo amor que siento por un milagro como el amanecer arriba de mi bicicleta, le pediría no sé a quién, que me dé esa oportunidad. En verdad no sé, pero soy un agnóstico agradecido, que aún espera que toquen mi puerta. Como me decían por ahí, aún estoy en edad de merecer.

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