Ahora es tarde noche, en la ciudad de la desmemoria.
Imagino cuánta cosa, mientras no doy un paso. Me pregunto a qué se debe esta distancia ociosa que tomé de pequeño por todo.
Hasta que me volví desconocido para mí mismo, empecé a entender todo desde la imaginación.
Por eso mismo estudio a quienes resulta la imaginación nuestro puente a lo divino.
Y allí estás tú, mi infinita debilidad, como una imagen aislada.
Entregaría mi talón, a cambio de caminar silencioso durante la salida del sol.
Me lo imagino. Tú, con tu sonrisa que ausculto en la orilla de un mar quieto.
Tú, como música resonando en la finitud de mis juegos y palabras.
Trocando-nos de finitos a largos sueños de ritmos y prosa,
Qué más nos queda si no volvernos dioses que sea un rato,
Porque eso es la música. Volverse dioses mientras suena.
No me quiero cansar de cantar canciones de amor,
Ni despechos, ni dolor
Como el Caribe que nunca llegó por estos lados, cantar sin desilusión
Como la rumba y el sabor.
Porque eso propone un poeta, hacer hablar el ritmo de las palabras y hacer ver que no hay algo así como un ritmo.
En el cielo han cantado miles de voces y no somos los vivos la excepción.
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