Creo haber perdido toda la ingenuidad del niño, ahora sólo queda el niño.
Ahora reconozco cuando me mienten, veo a las personas trasparentes, hasta sus huesos.
Ya no salgo a jugar con cualquiera, ahora me quedo solo.
Me da lo mismo que se reían de mí, me fijo en lo alto sin vergüenza.
Espero los ladridos de los perros, cuando camino de noche.
Ya no tengo susto de dormir solo, es más, me cuesta hacerlo acompañado.
Veo los noticiarios como series animadas, me río de las voces y los apago a medio andar.
Ahora, eso sí, no me enamoro de las niñas mayores. Tampoco me buscan a mi casa, para pasearse con el chiche.
Estoy profundamente enamorado de la belleza y quiero encontrarla en la mañana a mi lado.
Ella toma las cosas como suyas y no pregunta de quién son. Nada es prestado, todo es robado.
Mi sala de juguetes no queda atrás, ni la casa de mi padre al otro lado de la plaza.
Todos se han ido, incluso la conciencia clara de mi madre.
Pero, a pesar de todo, sigo en la biblioteca. Por años.
Deben ser los últimos días de ocio. Los últimos días en que navego con los patricios de la Historia.
Sólo me falta volver a ser ingenuo, sin manchas, sin necesidad de salir corriendo.
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