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lunes, 9 de junio de 2008

ya listos al attacke II

Llueve en Santiago, y en muchas otras partes de nuestro valle central, y dejamos a nuestros hijos en la casa, al cuidado de un televisor. Esta experiencia cotidiana, no obstante, está cargada de la manera como actualmente construimos nuestro convivir diario. Es difícil hoy día poner en cuestión –y para qué decir a los niños- los contenidos que tienen series, publicidad y programas infantiles -y los no tanto- que a diario enfrentan varias horas al día, individuos que aún no han desarrollado convicciones, intereses, motivos ni vocaciones. Al mismo tiempo, el arte en su expresión menos dúctil desaparece, confundiéndose con el diseño, la decoración y el panfleto. La intervención plástica desaloja el sagrado lugar del taller y emerge la productora, sustituta y prostituta del silencio que acompaña una mañana de lluvia.
Ya listos al attacke se inscribe en la tradición del ready made que vio morir al último deconstructor del lenguaje plástico: Cezanne. Cual fenomenólogo, las apariciones tomaron en su lenguaje las formas -desinformadas de superficie- de un equilibrio muerto, de una unidad evanecida en el plexo geométrico, y naranjas por años permanecieron cual ejercicio epogético, entre paréntesis. Bracke y un Picasso a rayas dieron fe de la altura que alcanzó entonces la modernidad de a inicios del siglo XX. Recién allí, el ready made, “lo ya listo”, nace desde nuestra cultura de fantasía y vanitorios (la que mi hijo ve como una bicicleta) y se abre sólo entonces nuestra contemporánea cultura plástica de masas.
Sin ambages, deconstruir una serie infantil no es tarea fácil. Cómo suenan las cámaras, cual instalación que muere allí en el ruedo, y el resultado, transmitible con la instantaneidad de un mensaje de texto, juegan a favor. WD sabe bien cómo entretener a los niños, sino, cuántas veces lo hicieron con nosotros, y reemplazaron el viejo anal o la revista que contaba misterios de oriente. No nacerán Walt Whitmans ni Nerudas, ni trenes ni advenedizos. Todos quedamos sintetizados en ratones que hablan, princesas de cristal, con el color amable, sueños de nadie.
Transmitimos en la parodia la violencia inocua de hacer metales pesados, armas, técnicas de ataque y malos consejos; le hablamos a los padres, que hoy cada vez más jóvenes no dejan de ser hijos cuando ya le hablan de qué hacer a un niño. El remedio es un nuestro medio, el televisor, que allí en el colorinche de fin de siglo e inicios del mismo no nos recuerda la difícil tarea que queda para sobrevivir en esta cultura.