Hay quienes dicen que las personas no cambian. Se equivocan. Yo al menos lo hecho más de alguna vez. Cuando niño, era muy desordenado, eso sí lo sigo siendo, pero era medio introvertido. Me veía a mí mismo como un nerd, como un tipo desajustado. Varias veces me quise cambiar de colegio. De hecho, en tercero básico lo logré. Todos mis amigos del barrio iban en el Verbo y convencí a mi padre que me metiera. Era un colegio de hombres y yo iba a misa frecuentemente allí. Mi padre agnóstico y no muy cercano a los "frailes", como los llamaba, veía la posibilidad que me trasnformara en un DC. Lo que con la homosexualidad constituían para él una traición con pena de extrañamiento. Pero, en el otro colegio tenía problemas con mis compañeras y me llevaba mal con ellas. Para qué decir con mis compañeros, creo que tenía un amigo y nunca votó por mí como mejor compañero. Tiempo después, un poco de psicología me hizo ver que en verdad mi trato con las mujeres respondía a la relación con mi madre. Pero el día que tenía que ir a clases a mi nuevo colegio, no fui, lloré y me acordé de las mismas compañeras. Me gustaba más de una. Ahora están todas casadas, algunas llenas de niños. Yo sigo soltero y aún me acuerdo de todo lo que me gustaban. Pero entonces, tenía muy baja autoestima, pensaba que era feo y que nunca, ninguna de mis compañeritas, me tomaría en cuenta. Años después, vine a saber cuan lejos estaba esa apreciación de la realidad. Luego entendí porqué me iba a buscar una vecina, unos cuatro años mayor, para llevarme al colegio. Llegaba conmigo de la mano y yo me moría de vergüenza; qué imbecil, si era preciosa. Lo mismo con algunas niñas mayores del curso de al lado, cuando iba en octavo básico. Me regalaban dulces y me trataban como un chiche. Y yo el idiota, me urgía entero.
Tiempo después me fui del colegio y entré por la ventana de otro. Entonces me transformé.
En un colegio de hombres , Dios se había esfumado con mi fe en sus espaldas y me volví una suerte de casanovas. Cartas a chicas del Liceo 7 y el 1. Y la actitud que te dan los poemas franceses.
No entraré más en detalle del largo trecho que hay desde entonces hasta hoy. Todavía no existe la distancia suficiente. Pero hoy no soy el mismo. Me resulta imposible acercarme a lo galancete a alguien. Pero tampoco soy el niño de entonces. Creo que, con todo, los colores de la infancia sin estima siguen siendo los mejores retratos de una mañana primaveral, húmeda y donde no sólo tenía una relación de gratitud con lo divino. Había algo más que eso y se transformó.
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