Existe una difundida premisa republicana que nos dice que el ejército no es deliberante, es decir, que no está en condiciones de establecer los fines que una sociedad se da como legítimamente suya. En este contexto, sólo es un medio para el resguardo de la seguridad externa y, en casos específicos, interna.
No obstante, nuestra propia experiencia histórica republicana nos demuestra que eso no es tan así. Más de alguna vez, un soldado no se sienta frente al representante del poder político esperando órdenes. Es decir, esperando los fines, donde él encarnaría sólo el medio para su realización. Este mecanismo del soldado oyente y pasivo, queda reemplazado por un soldado que aconseja, alerta e introduce la incertidumbre para que el juego de la política se transforme en el dilema del prisionero: quién ataca primero, gana, bajo la certeza que uno está bajo el fuego cruzado de un enemigo que no perdonará sobre nuestra vida, verbigracia, la de su enemigo. Es así como nace la racionalidad estratégica de la competencia, un juego que nos dice paradojalmente que sólo serás persuasivo si dejas de querer persuadir, a saber, cuando dejas de mostrarte como un político. Tu enemigo debe creer lo contrario a lo que tú harás.
La competencia en este contexto define un marco de juego donde el bien general no puede ser buscado directamente. Si uno quiere contribuir con la realización de una buena pelea de box, no tiene que tener compasión con su contrincante. Si uno quiere aportar a la riqueza de la nación, debe buscar su propio bienestar. Todo dentro de un marco de normas que haga posible la realización del pleito en el tiempo.
Pero los competidores, mientras juegan el rol que la bitácora establece para el juego, empiezan a contar con elementos que lo motivan a flexibilizar los alcances de sus acciones. Entonces, es posible que el soldado deje de serlo y empiece a jugar otros roles: empresario, traficante, legislador, sicario. La seguridad tiene un precio muy alto y hay quienes están dispuestos a pagar “el piso” del poder.
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