Representación y punibilidad cognitiva.
En la presente exposición quiero analizar los elementos que constituyen la representación cognitiva a la que alude la doctrina del derecho en la construcción jurídica del dolo eventual, considerando que el dolo, como tal, implica además de un elemento volitivo, uno cognitivo.
Por lo mismo, cabe ver en qué distinguimos una representación cognitiva y una volición y, en conformidad, en qué se asemejan, haciendo plausible la presente exposición la tesis que sostiene que es punible un acto que no necesariamente supone intención, porque las consecuencias de dicha acción suponen la sola representación de la posibilidad de producir efectos dañinos, más que una intención concreta por la realización del daño. Lo más interesante redunda en el factum que gran parte de la agencia humana se sustenta en este tipo de representación cognitiva acerca de las posibilidades de una determinada acción tipo (sujeta a una determinada finalidad).
Primero, me detendré en la estructura representacional aludida, contextualizándola en ejemplos que hagan intuible el fenómeno y proponiendo, de manera ulterior, las notas que un inculpado reconoce, cuando efectivamente es capaz de representarse un escenario de consecuencias que siendo nefastas, igual las elige, sin intención de su concreción, pero con conocimiento de su posibilidad.
Un sin número de actividades diarias caen en distintos mecanismos de automatización. Ordenar una pieza, vestir al niño para el colegio, preparar una agenda para el día. Seguimos un camino que, fruto del hábito, agiliza su realización, disminuyendo la tasa de errores que van aparejados a ellos y, así, al riesgo de su fracaso. No necesariamente somos conscientes de la causa de ello, a la manera que somos capaces de dar cuenta, explicando, por qué tomamos tal curso de acción o cual otro. Si primero junto la loza y la lavo toda de una vez o hago el trabajo en partes, es porque simplemente hemos llegado a un equilibrio fruto de la experiencia cotidiana, que ha ido ordenando mi manera de lavar, conforme a mis habilidades y a los requerimientos que exige dicha acción para unidades vitales más amplias, que contextualizan una misma acción. No es lo mismo lavar como profesión que como hobby o como obligación impuesta. Estos tres momentos es lo que yo llamaría unidades vitales mayores, dado que el orden de sus fines es mayor (intensionalmente). Además una acción está contextualizada cuando sabemos que es riesgoso para un bebé que dejemos una plancha a la mano, por lo que prevemos ese escenario, cuidándonos de no hacerlo.
Que no seamos conscientes entonces de una manera fuerte, como para poder justificar algo, no quiere decir que no nos representemos nada. La representación mienta la relación cognitiva de manera general y solemos reducirla, por ejemplo, al fenómeno perceptivo. Sin embargo el fenómeno perceptivo en el hombre no es unidireccional, sino que toma contextos, grupo de objetos, que constituyen un todo de relaciones; no sólo vemos plantas, vemos parques, no sólo niños, sino que travesuras, donde las diversas facultades sensoriales, conforme a su propio y particular desarrollo, tienen puesta su atención en distintos grados. Por eso cuando “nos sacan” una cosa de su lugar, todo aparece desordenado; claramente además, hay diversos niveles de complejitud en los horizontes de percepción, en relación a los diversos grados de atención que se le presta a un asunto (y no meramente a “cosas”); la disposición de las teclas de un computador es algo que percibimos y, así, nos representamos, y que así aparece ante nosotros ahí delante; dada su uniformidad predecimos su posición y podemos escribir sin ver; al igual que de las diversas funciones de un programa de diseño, pero no son ambos “objetos”, teclado y software, igualmente complejos; en el segundo cabe entender a más elementos que en el primero y en ambos nos representamos algo, pero no sólo en cuanto está ahí delante, sino que en cuanto es un útil. No ocupamos con el teclado, escribo en inglés o español y con los programas, además, puedo diseñar una presentación, elegir colores y formatos para algo.
Así, podemos tomar una decisión que, por conocer y representarnos nuestro computador, implique que lo ponga más lento en el trabajo general para el que está diseñado, y que está siendo en un determinado momento; pero igual lo hacemos con la esperanza que como en una en un millón, haga más de dos o tres actividades al mismo tiempo, dadas sus posibilidades finitas reconocidas por mí. Este reconocimiento, es un reconocimiento del útil, de lo que es capaz, por lo que no puedo separar saber sobre sus posibilidades del tipo de trabajos que yo realizo dentro de esas posibilidades y viceversa: van de la mano. Si me puedo representar otra posibilidad del útil es parte de mi facultad representacional que se extiende en la forma de una “esperanza” y que se lleva a cabo fácticamente, al modo de una apuesta. Si dicha posibilidad no se realiza, decimos que nos representamos una falsa posibilidad e incluso nos distanciamos del error predecible. Pero, ¿si dicha acción conlleva que yo no puedo entregar un trabajo dado que daño mi computador, yo puedo decir que tuve la intención de no entregarlo? Mi respuesta es no. Pero es punible. La idea de culpabilidad no asociado a intención guarda relación en este nivel de análisis conforme al cuidado que tengo en mi actuar. Este cuidado es la representación necesaria para la asumción del curso de acción. Es claro que nos preocupamos y la falta de diligencia en una acción no tiene que ver con la intención de una consecuencia, sino con la representación o cuidado que le dispenso a su ejercicio y dicha representación o cuidado tiene que ver con la compresión de las limitantes en que se lleva a cabo el curso.
Dado que para evaluar si hay o no representación de un determinado curso de acción no hay que interrogar a un agente moral sobre su voluntad al respecto (y por ende enfrentarnos al problema de que reconozca o no la intención de sus acciones), cabe señalar el criterio que permita establecer cuándo estamos en presencia de un cierto cuidado que afirma la presencia de la representación de un posible curso de acción, que tomamos con independencia de la intención de una de sus posibles consecuencias.
Este criterio es el sentido común que, según las circunstancias, se ha materializado en acuerdos o convenciones que hacen posible ponderar la información social que maneja un agente moral respecto a un determinado orden de cosas, y las acciones que se corresponden o no a los posibles cursos de acción realizables según esa información. El resultado de la ponderación se refleja en un diagnóstico del cuidado o la falta de diligencia, según las consecuencias posibles, que hace sostenible la presencia de la representación de las consecuencias o del posible daño a un tercero que se pueden seguir de dicho cuidado que le es correlativo.