Vistas de página en total

sábado, 18 de agosto de 2007

Adam Smith

El planteo es el siguiente. La agencia moral, por llamarla de alguna manera, la expone Smith en su unidad básica bidimensional tu-yo (sin mencionar la indexicalidad que ésta con lleva) como un momento de identificación (I-C) en el cual se fijan los límites intuitivos, a un nivel afectivo, en los cuales el objeto moral, esto es, la situación o contexto (S) en el cual se desarrolla una re-acción observable (A) que le es íncita, aparece como tolerable a la mirada afectiva de una consciencia (I-C), que se tipifica teóricamente como un espectador hipotético (EI), dotado de un interés en el cual, dentro de ciertos rangos, admitimos o corregimos la afección que –en el otro- motiva su reacción, identificándonos, además, con el contexto en que, dicha afección, se desarrolla (cardinalidad (S, C) = ?). En este sentido Smith sostiene, contra muchos intérpretes, una identidad analítica del espectador con el ámbito en que se desarrolla una acción ajena, aludiendo, sin embargo, a una consciencia que hereda de una tradición cartesiana. Entonces, fenoménicamente este objeto tiene, como cualidades, dos fuerzas; una de identificación (humanistas) y otra de corrección (self-command), insertando Smith éstos términos, en un lenguaje mecanicista que interpreta los procesos de reciprocidad afectiva.

Fenomenológicamente, es posible interpretar el espectador imparcial (EI), más que como una caricatura normativa de la jurisprudencia moral de los pueblos, y desde exclusivamente el acto de valorar lo justo, más bien como un interés de la consciencia por el otro, abriéndose en Smith el afecto ajeno desde su contexto (el cual “despierta” nuestro interés), volviéndose su reacción, frente a la fortuna o disfortuna que le acaece, conforme o disconforme dado el contexto, y que en términos afectivos en el otro eje del análisis (del lado del observador) se da como un momento informado por la identificación con el grado de autocontrol que manifiesta el protagonista, unidad analítica que funda la evaluación (juicio afectivo) de aprobación o rechazo del espectador.

Este emotivismo, entonces, no implica que no haya regularidad alguna en la agencia afectivamente motivada y, en conformidad, evaluada, y que se funde entonces en la segunda un escepticismo moral, ni mucho menos; debe reconocérsele -como teoría- el ámbito que se abre a la observación y el análisis de las acciones recíprocas, mucho más si contextualizamos prospectivamente la obra de Smith y la insertamos en una discusión crítica sobre su aporte y alcance teórico.

El juicio moral correspondiente, por tanto, avala o rechaza en un nivel donde, con los ejemplos que nos ofrece Smith, se expresa el lugar de configuración afectiva de los fenómenos simpáticos más primigenios, dotando allende de fuerza vital a la virtud de la justicia.

En una perspectiva que busca naturalizar el dato de consciencia del experimentador, este objeto se puede presentar como un dato-objeto provisto de cualidades secundarias observables, en este caso, efectos-afectivos asociados a resultados de acciones, donde recién se estructura, en la perspectiva de Smith, el mérito y el demérito de una acción (no de un motivo), como una evaluación moral de segundo grado o grado mayor (encabalgado en el primero puramente afectivo de aprobación y rechazo), donde surge el placer y el displacer que pueden generan las consecuencias de una acción en el espectador, que para estos efectos es una x: la sociedad, la convención.

En este horizonte, podemos interpretar desde diversas perspectivas el carácter regular de dicha agencia

filosofía y/o psicoanálisis

Ayer tuve la suerte de escuchar a un distinguido psicoanalista argentino, Jorge Baños, serene, alegre y muy cordial, en el contexto de un seminario “filosofía y/o psicoanálisis”, donde se llamó mucho la atención a las exigencias, ya canónicas, del qué hacer filosófico; en su caso, las atendió en la forma de un reproche a las argumentaciones de tipo trascendental (entiéndase a las que preguntan por las “condiciones de posibilidad de…”), a las que el filósofo permanentemente recurre y que son –según su parecer- meros frutos de un oficio de escritorio.

Uno de los diagnósticos, que comparto plenamente en su planteamiento inicial, identifica la imposibilidad de descubrir la ontogénesis de la experiencia psíquica del sujeto, allí donde la filosofía no atiende a las “edades” menores, ya que enfatiza una perspectiva analítica que recoge exclusivamente la experiencia de una consciencia adulta…pero, la minoría de edad kantiana aludiría a esto?

En este contexto tuve la suerte –y de ahí que comparto el diagnóstico- de estudiar hace algunos años Kant, coincidiendo con la edad temprana de mi hijo, léase desde los 8 al año tres meses. Por lo mismo, los muchos aspectos del fenómeno de constituición de una "personalidad" constituían una génesis muy peculiar y difícil de desenmarañar, cosa que creo no niega ningún filósofo.

No obstante que creo que la filosofía que menciona Baños no está en condiciones de descubrir dicho ámbito, que también es de interés de la fenomenología y la hermenéutica, me caben algunas dudas de fondo de la legitimidad conceptual de la contraparte, el psicoanálisis; esto es, de ofrecer un aparato conceptual más fino para las observaciones de campo, que tanto se echarían de menos en la filosofía teórica en este respecto, especialmente en la actitud vital filosofante de algunos de sus máximos exponentes (agréguese Leibniz) para con los fenómenos anímicos; esto, sin siquiera considerar la total diversidad de orientaciones metodológicas que puede ofrecer algún análisis teórico, frente a las expectativas clínicas que tiene la psicología. En este sentido un análisis fenomenológico no sana a nadie, sin desmedro que los pensamientos puedan soñar monstruos.