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domingo, 2 de septiembre de 2007

sentimiento humanitario

En la constitución más básica del convivir humano se establece, entre un observador y el protagonista de cualquier situación, una relación entre dos individuos, en la cual anida la propensión a estabilizarse -o no- la mutua observancia moral de los afectos recíprocos, en términos que se va armando el entramado social, en sus diversas modalidades y grados de complejitud semántica, que circularmente van informando a estas relaciones diádicas; lo que nos produce el otro, el agrado o desagrado; todo, una simpatía originaria que, si observamos de cerca, es condición necesaria para el ulterior desarrollo del juicio moral en su modalidad ética más convencional: lo justo, lo ecuánime.

Este fenómeno de estabilización puede ser objeto de un análisis estructural, que se orienta con el fenómeno de una repartición no fluctuante, en la forma de códigos de redistribución de bienes, muchas veces intangibles a la percepción pero constitutivos del significado en que se mueve la imaginación, por ejemplo, en la constitución de las lealtades entre dos individuos o en el cumplimiento de la palabra empeñada; entonces, la regularidad, y no la fluctuación, es una característica relevante del fenómeno base de identificación afectiva, en el cual se abre el otro en su contexto, en sus circunstancias; así, la figura del EI sólo busca reconstruir la consciencia que tenemos cuando oímos al otro, pero cuando lo oímos desde las circunstancias que rodean la situación a la que se enfrenta; también nos sucede que nos sentimos y somos oídos, dándose una situación temporal de ajuste, que define la propensión, y que va fortificando o menguando dicha relación; es esta la relación base de una sociedad y ser una parte de un todo, tribal o cívico, no nos pone en una relación dialéctica de tipo jerárquico con el otro como gobernante o gobernado, sino que, por lo general, hay una cierta homogeneidad numérica, una relación entre pares que aprueban o rechazan mi actuar, conforme al mérito o el demérito relativo que reflejan mis re-acciones a sus oídos.

Este ajuste, que dirige nuestras relaciones a acuerdos morales, prejurídicos, se expresa: se aprueba o rechaza y, desde allí, se articula la convicción (en el razonamiento y en sus premisas) de lo que valoramos y aceptamos, odiamos y rechazamos. Nos hacemos un juicio y propendemos a ciertas valoraciones, a tolerar o no ciertos códigos. Se generan, por ende, obligaciones humanitarias y se constituyen fuerzas de autocontrol entre al menos dos individuos.

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