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martes, 7 de agosto de 2007

buscounasalida.lahistoria


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Siempre imaginaba, mientras recorría por capas el pasado reciente, que nuestro tiempo no sería recordado. Era un niño entonces, y aquellas calles húmedas, a fines de invierno, no tenían ya el olor a frío encierro, como cuando anochece temprano y nos acuestan a un lado del tiempo adulto. Por precoz, sin embargo, no pude notar los sentidos del miedo de aquel entonces; cerca de la casa de este niño, también vivía un general y, con él, sus detractores.

Salí aquella mañana, destilaban las hojas, y algunos capullos-que a veces se prestaban para pequeñas guerrillas infantiles- caían sobre mí, todo como un techo que cubría la calle, como un velo dando paso al amanecer.

Santiago es una ciudad silenciosa y sucia, excepto cuando llovía de esa manera, al menos en la mañana; los de siempre, los que circulan a la misma hora, me los encuentro al pasar. Hombres apurados a sus trabajos, el obrero en barrio ajeno, las amas de casa, ninguno mirando tamaña cordillera y sus nevados casi eternos. Algunas caras tristes rodeaban la pintura, pero yo en cambio estaba decidido a conseguir un poco de entretención ese día. Mi madre que iba a la universidad a dar sus clases, salía temprano, lo que me permitía ir y volver de la esquina y guardarme un rato para salir luego.

La ciudad se abría entonces. El cielo se resquebrajaba en un tímido amarillo solar. Y es, en esta primera aproximación política, que la conozco. No es una mujer determinada -ni mucho menos-; es la feminidad encarnada. Le daba -con su paso- un cierto color al día. No pasó cualquier cosa, fue el primer encuentro, el nacimiento de un apetito. Con ella, empezó a cobrar sentido levantarse temprano, esperar con ansiedad. Fue la primera mujer, era rubia con unos ojos que -hasta hoy- no me los vuelvo a topar.

“Me pregunto, cuánta calle hay en un joven. Ese paseo glorioso de aventar la soledad de la ciudad -como si, para nosotros, fuera normal vivir con los otros- viene siempre acompañado de un miedo placentero por no saber quiénes son los demás” anoté otro día en un cuadernillo. Guardaba mis cosas sin mucho cuidado en mi bolso, siempre azul, mientras me subía al micro. Rechinchinaba entero el bus, lo que no le permitía al conductor oír mi solicitud de viajar gratis. Yo no me subía y, ya antes de cualquier petición, él ya echaba a andar el volante. Ya arriba, gozaba mirando por la ventana, mientras más aceleraba el loco que maneja la máquina. De repente, algo me hacía sentir inseguridad; debía bajarme, estaba ya lejos del inicio de mi camino; lo hacía en medio del gris recuerdo de mis antepasados, nunca, eso sí, en el mismo lugar. La ciudad era toda una provocación a la sorpresa y había dejado los juguetes en mi casa. Imaginaba como habría recorrido mi abuelo esos mismos lugares; cómo habría dormido en algún lugar, como en aquel departamento de la esquina, frente al cual hoy concurrían millares de almas de un lado a otro. Mi amiga, como la llamaba, debía estar seguramente a esa hora en clases; me la imaginaba, bella, sentada, quieta, prestando atención a la voz de la profesora; soñaba con su falda gris, corta.

Después de tomar una bebida, sentado y leyendo algún diario, decidí conocer su colegio y enfrentarla. Era una idea loca, tenía todas las de perder. En rigor no la conocía, nos encontrábamos en la esquina e intercambiábamos unas palabras, por lo general más bien miradas. O mejor: sólo miradas. Éramos vecinos. Recorría como un imaginario su supuesta habitación, construida en mi imaginación por similitud a mi hogar. El barrio no era tan antiguo, pero se repetían algunos formatos y, en nuestro caso, nuestras casas eran iguales. Así, yo sabía algo de ella. Preocupado logré sacarle alguna información relevante algún vecino, y ahí me tenían sentado en su plaza, donde según mis cálculos, estaría a la salida de sus clases.

Era la hora, 13.30, y podía darse, como es usual, que tuviera deportes, lo que haría fracasar mi proyecto. O bien teatro, o qué sé yo; pero no aparecía. Iba a un colegio de mujeres o, mejor dicho, de señoritas. Mi colegio me aburría tremendamente y no soportaba la onda de mis compañeros, y para qué decir de mis compañeras.

Estuve toda esa tarde caminando, había leído un buen rato, pero tenía consciencia que no había hecho nada. Todo eso me producía cierto escozor. Volví a la plaza; ya estaba atardeciendo; había abierto el día e incluso estaba todo más seco. Amainaba la contaminación, lo que producía un nubarrón que no dejaba ver a lo lejos. Los autos a altas velocidades iban hacia el oriente. En la plaza estaba lleno de niños rematando el día, hasta quedar exhaustos. Y entonces apareció. Me quedé mudo, lisa y llanamente no sabía qué hacer. Estaba bellísima. En realidad no era rubia. En la mañana tenía el pelo mojado, y ahora que lo tenía seco y desgastado por el trajín del día, de un color más bien anaranjado y opaco.

Qué onda-, me dije. -Qué diablos hago-. Ella, o se acercaba o estaba podrido, porque no me podía parar, teniendo las agallas. Y entonces ocurrió el milagro y con toda espontaneidad se acercó. Por este solo hecho, ya me sentía gratificado a niveles que apenas podía respirar. Sentía que el corazón se me iba a salir, no es chiste.

-Qué tal, qué haces aquí!?- me preguntó con una cordialidad que me hizo desparecer. Estaba reducido a una mínima expresión.-Bueno, nada, este…..estaba esperando que salieras, tú sabes, eh…iba por el barrio y, bueno…- Ok, vamos para la casa, que vivimos al lado –me dijo, interrumpiendo mi torpeza, con una voz cansada, pero siempre suave. Su voz era un silbido, un elogio que daba paso al silencio o, mejor dicho, a que las personas e incluso mis pensamientos callaran.

En el camino me fue hablando de un trabajo que había entregado. Me di cuenta que era inteligentísima. Era un trabajo sobre política, para el curso de historia. Me llamó mucho la atención que le importaran esos asuntos. Por lo general, te encuentran un latero o simplemente eres un bicho raro. Además me di cuenta que era mayor que yo. Por lo menos, iba dos cursos arriba, debería tener al menos unos catorce.

Cuando llegamos a la puerta de su casa, había logrado que yo entrara en confianza, algo muy raro en mi personalidad más bien introvertida y discreta, por decirlo menos. Y la invité a salir, pero antes le hice ver que era menor que ella. Para ella no tuvo la mayor importancia; me decía que no se reflejaba en mi manera de ser. Haríamos al otro día la “cimarra” juntos, en lo cual yo ya era todo un experto.

Esa noche no dormí. Estaba extasiado. Muchas cosas de las que había leído y que nunca memorizaba se me vinieron a la mente; sentía vértigo. Me decía a mi mismo, si no estaría metiéndome en problemas, era muy joven, lo sé, pero acontecía algo más en ese momento.

Al otro día, nos encontramos en la esquina, era una mañana especialmente helada. Como nunca, cuando la vi, la consideré hermosa; estaba muy abrigada y me encantan las mujeres cuando se abrigan; usan distintos colores, entre los pocos que permite la ropa escolar. Su colegio además era más liberal, lo que les daba margen para explotar esos pequeños detalles, que sólo las mujeres pueden lograr. Tenía unos aros largos que le caían en el cuello, un pañuelo medio rosa con un amarillo muy tenue. Usaba unas polainas larguísimas de lana, sobre unos pantalones apretados que usaba bajo la falda gris. Era todo muy especial.

-Vamos a un lugar que yo conozco; hay que tomar una micro para arriba y hay unos terrenos pelados, donde no han construido nada. Traje un libro increíble –me decía con un entusiasmo que no dejaba de alucinarme-, es de un escritor chileno, que escribe prosa…me encanta.- A mi también –me decía en silencio.

Habíamos llegado, y por la cordillera hacía aparición el sol imponente. Estaba muy despejado, seguramente en la noche había habido algo de viento. Como estábamos en lo alto de la ciudad, todavía el smog no llegaba por esos lares. Empezaba a subir la temperatura, mientras en aquel inmenso lugar empezábamos a caminar. La travesía duró un par de horas, hasta que llegamos a una quebrada. Realmente valía la pena, era un pequeño bosque desde donde se veía todo Santiago. A esas alturas hacía calor. Ella se había sacado casi todo lo que llevaba encima, dejando su camisa remangada y todo lo demás arrimado a su bolso. No le quise preguntar cómo conocía ese lugar, me pareció impertinente y mi primera máxima es no arruinar un regalo de los dioses. Nos sentamos con cuidado de la humedad y sacó el libro. Era del padre Alonso y relataba los parajes de los alrededores del Santiago colonial tardío. Mientras leía, creía oír un relato sobre el Edén, el que, con ella al lado, parecía que lo tuviéramos al frente. –Te gustó? –Perfecto, le contesté a mi pequeña Eva. Luego, yo saqué un pequeño termo y unos panecillos dulces; al fin y al cabo, era ateo. Llevaba café, lo había hecho a escondidas, mientras mi madre dormía. –Es la primera vez que tomo café –me dijo, medio susurrando, acompañado de una sonrisa cómplice. Su ingenuidad, que entraba en los dominios de la nobleza, me impedía siquiera comentar la situación en mis adentros. Varias veces sus palabras habían logrado alterar mis pulsaciones.

Se nos había pasado la tarde: en medio de la conversación, ella descansó en mis piernas y se quedó dormida. Lo que a mi luego me pasó también. Cuando despertamos, había bajado bastante la temperatura y ambos teníamos frío. Unos chincoles se habían apostado sobre nosotros en los árboles, quietos, sin hacer ningún ruido. – Hay que volver! –me dijo, con un sesgo de preocupación. Volvimos. Cuando tomamos el micro, ya era de noche, realmente se había hecho tarde y seguramente nos retarían a ambos. La acompañé a su casa, me dijo que prefería ir sola hasta su puerta, para no tener problemas con mi futura compañía frente a sus padres. La dejé en la esquina; antes de entrarse me mandó un beso con la mano. Lo demás ya no tenía importancia.

Ahumada siempre era una fascinación aparte. Era nuestro pequeño pacto ciudadano y ocurrían todas las cosas dignas de una ciudad moderna. Era un paseo-avenida muy concurrido y los días donde la contaminación parecía no tener tope, no se podía ver más allá de a un metro de distancia. Como sabía, por novelas de dudoso valor literario, que gran parte del delito no ocurría frente a tus ojos, me proyectaba entonces entrando a ese apetitoso mundo subterráneo tras el cemento, donde convergen los distintos orígenes sociales, en torno al delito. Eso es lo que veía tras los grises muros de los grandes edificios que me rodeaban mientras caminaba. Las fachadas de los bancos las creía una pantalla de grandes fábricas de lavado de dinero, y a sus inocentes oficinistas los veía controlados en silencio por inescrupulosos hombres de negocios. En medio de ésta y otras reflexiones medio en serio, medio en sueño, me pareció ver atravesar la calle, frente a mí, a mi amiga de antaño. No la veía hace cuatro años y quedé shockeado. La eché tremendamente de menos durante el primer tiempo que huyó. Sí, así lo pienso: huyó. No pude entender como se podía tocar el cielo en una tarde y a la mañana siguiente estabas en el infierno; ni tres días ni nada.

Desde esa tarde de ensueño, que me sumergió sólo en su recuerdo. Decidí doblar en la calle que me pareció verla entrar. Vi su silueta entrar en una galería; era de aquellos lugares plagados de compra-ventas de oro y un par de tiendas de fetiches generacionales, de jóvenes e insipientes tribus urbanas. Bajé por unas escaleras que sospeché pudiera ser el lugar hacia donde dirigía sus pasos mi joven enamorada. Cuando me encuentro al final de un camino sin salida. Un pasillo medio oscuro, con una ampolleta en el fondo que titireaba, abría un camino con muchas puertas que escondían algo que yo, seguramente, quería conocer. Volví por donde entré y seguí mi incursión por un camino que a veces perdía de vista fruto del exceso de imágenes que proyectaba en los muros. Ahora no obstante había vuelto ella, para quedarse desde el centro de mi querida ciudad.

Cuando volví a mi casa -y tarde-, me recibía mi madre avergonzaba: me expulsaron del colegio por exceso de inasistencias. Me daba igual el sentimiento de mi madre e, incluso, su cara, risa, lo que a su vez me producía una cierta sensación de heroísmo; tenía una independencia moral del cuidado maternal y quería beber del camino que allí surgía: mi amoralidad tenía carta de nacimiento. Así entonces, me boté a vago, por un rato; no me haría mal. Igual era un tipo talentoso y en general había aprendido a mentir y sabía que me necesitarían. Es la ley de la vida, te cuidan tus padres y después tú a ellos, bajo el supuesto que uno viva más que ellos. En este escenario debía encontrar a mi musa, ahora ya!; todo este tiempo había sido de alguna manera un adultero al olvidarla. Al no prestar atención a su ausencia, me desentendí de ella como lo que era, un fruto prohibido, incluyéndola en el mobiliario de mi joven memoria. Hice entonces algunas averiguaciones. Siempre hay que mantener una buena lista de informantes y construir los mapas con las huellas que tus fines van dejando por delante tuyo.

Así, un día tomé un bus a Viña; por ahí sus pasos han sido avistados por mi gente, como solía pensar mi relación con esas señoras a las que mi “buena educación” siempre había conquistado desde pequeño. Sabía caer bien, donde tenía que ser así. Pero muy mal donde gozaba de la incomodidad ajena de mis comentarios. Arriba del bus una mujer vendía el diario; me fijé si tenía alguna revista de negocios que me abriera alguna oportunidad interesante de conversación. No hay nada más raro que un joven con cara de niño leyendo el ranking de las mejores escuelas de marketing internacional. Dicho y hecho, me tocó sentarme al lado de lo que yo llamaría una mujer. No tendría más de 19 y seguramente estaría recién entrando a la universidad; para mí no podía ser más atractiva. Me gustaban los desafíos y la obligaría a inquirirme fruto de afectar un interés inusual por los artículos de finanzas, acompañado de una indiferencia patológica a lo que me rodea. –A qué universidad vas? –me preguntó la joven, después de un incómodo buen rato. Tenía pelo gris, ojos pardos y muy grandes, cara con pecas –lo que me encanta- y estaba rodeada de un alo que me recordaba las fragancias que solía solicitar en las grandes tiendas, para mantenerme informado; Qué crees, ¿tengo acaso cara de universitario? -Contesté, medio en risa, medio pesado. Sabía que a esa hora entonces debía estar en el colegio y eso tenía que parecer muy extraño- Eh, bueno, no precisamente…Cómo te llamas?, inquirió; Buena pregunta -insistí con el mismo tono-, llámame Víctor, el que vence, contesté con un dejo de arrogancia – Y tu, ¿eres modelo? Tienes unas facciones increíbles- No, estudio en Viña, respondió mirando hacia arriba, medio perturbada. Era mía. La conversación no se detuvo por un buen rato, la tipa no podía creer que fuera “tan pendejo”; típico. Sin embargo eso no me producía la necesidad de ser mayor; ser, en rigor, un niño, me protegía; no tenía deudas con nadie, ni tenía que darle explicaciones a nadie. ¿Qué hacía una persona de mi edad buscando a su musa? Ja! Y eso me hacía sentir muy seguro.

A las mujeres que cotejaba y, en general, a las personas que obligaba a entrar en una conversación conmigo había aprendido que no hay que informarlos de lo que uno piensa. Tengo ideas bastante reaccionarias, medio conservadoras a la hora de dar razones, medio anarquizantes a la hora de defender los medios para la realización de las primeras. La gente corriente no estaba preparada para las barbaridades que podía decir y, además, sabía que había mucho que aprender todavía y que muchas de las cosas que tenía por ciertas, podían dejar de serlo; por ello, dedicaba aquellos momentos en que estaba entregado a lo inhóspito que puede ser un poema lapsus muy cortos de atención, contra periodos bastante extensos a las banalidades y el ocio bruto; estas últimas las miraba por todos lados y sabía que había muy poco en ellas, pero había algo y no sabía qué. Confiaba, como los economistas, en la tesis que el trabajo era el lado oscuro de la felicidad y, por ende, era preferible guardar silencio.

Cuando nos bajamos, le insinué que mi objetivo era encontrar a una persona. No le di más datos, es la idea. Le mencioné mi necesidad por hacer tiempo, todavía no era el momento: lo olía. -Hay un café, pequeño, bien bonito al cual podemos ir-, me ofreció la pequeña Isidora. -Con gusto- reaccioné. Caminamos por una calle bien concurrida, hasta llegar a esos pequeños lugares donde aún no venden alcohol, o bien no pueden. Pedí un cortado, no soporto los “express”; están hechos para gente apurada, pobre, diría yo. Esa es otra gran confusión que inspiran los adultos en las jóvenes generaciones, la relación entre riqueza y dinero. Pero bueno, eso, es para los que saben.

La chica me comentaba lo tedioso que resultaban sus clases de cálculo. La comprendía; a los tipos no les dicen de qué están hablando y luego los tiran a estudiar eso que no reconocen. Yo le hacía ver que “sin falta” yo retomaría los estudios el próximo año. Estudios oficiales, digamos. Porque daba con bastante éxito esos exámenes que acogían mi progreso académico en grados.

-Isidora, ¿te puedo hacer una pregunta?-inquirí con una coquetería asquerosa, casi ridícula, pero ganadora. Entre risas, -Sí, por cierto-, me contestó. -¿Te puedo dar un beso? Me creerías que nunca he dado uno y me parece esta situación, por lo menos, la apropiada. Te juro que nadie lo sabrá-. Le propuse cínicamente. La mina no lo creía. Este tipo no tenía cara, pero por lo mismo no podía decir que no. Además era bonito, “tenía futuro”. No había pestañado y había anotado.

Era el momento preciso para hacerle ver que buscaba a mi enamorada. Lograba así la desestabilización absoluta; ella había besado a un menor de edad, que tenía un amor piadoso por una extraña que había compartido sólo una tarde y, a pesar de todo, lo estaba pasando muy bien; y todo sin niuno. Sin embargo, Isidora estuvo a la altura. Se reía. Encontraba la situación genial. La tipa era una buena persona. Me invitó a pasar la noche en su “depto”, vivía sola. -No –respondí, -Gracias.

Dejé a mi prometida y veía muy oscuro el panorama. Obviamente, no profundicé con “la Isi”, objeto de mi patética búsqueda, de manera de comprometer mucho mi nombre. Me cargó eso de “la Toña”, “la Maca”, “la Chuchi”; no hay regla gramatical políticamente más coherente que suprimir el artículo ante los nombres propios; me cabía la duda si acaso esta ley era extensiva para los sobrenombres, como sea, tenía que haber sido un gramático de derecha, poco amigo del imperio de la habladuría, el que prohíbe prácticas que buscan finalmente educar a las señoritas bien.

Ya era de madrugada, no pasaba un alma por la Av. Perú y se me vinieron algunas cosas a la cabeza. Las que más duelen.

Asistí un buen rato a compartir una charla con unos cabros de la calle: En estos contextos, tengo gran facilidad para verme incluido en el grupo, a pesar de las claras diferencias de proveniencia de las partes. No recuerdo cómo terminé conversando con ellos, seguramente me pidieron un cigarro. La plática comenzó bien, los tipos eran re simpáticos; chiste tras chiste hacían morir el tiempo. No obstante, después de unos buenos sorbos de vino, se abrió el espacio para sincerarse los ánimos. Presenciaba por primera vez el sentido de todas esas bromas sexuales; entre los hombres se daba, en todo caso, de manera oculta, y se exteriorizaba, repentinamente, con pequeños abrazos y toqueteos. A mi no me agradaba, no tanto por ser hombres, como por su fealdad e, incluso, ordinariez. Las mujeres claramente, en una situación así, me entusiasmarían mucho más, incluso si fueran feas. Eso, no sé por qué, me llevó a pensar si era posible un cierto tipo de mujer. Algo así como la que otorga puro deseo por deseo. Era oscuro. Sin embargo, mis pensamientos se vieron interrumpidos por la molestia de uno de los comensales; consideraba que ya no debía estar ahí. El tipo -que se hacía llamar Lito- embriagó y en ese momento sentí un pequeño temor que se apagaba por el hecho de estar a mal traer el borracho. La idea de verme expulsado, debo reconocer, me desagradaba profundamente. La calle, en este caso, le había dado un título al hombre y a mi todo título cuyo origen lo acompaña una veta de violencia, me generaba violencia. Sentía la agresión, pero justo en ese instante, uno de los amigos del Lito, a pito de nada, me preguntó si tenía novia; -No, en realidad no, y no he tenido –les decía, mientras aparecía en mi cabeza la verdadera razón que me tenía en ese momento conversando con esa gente. Era una imagen que se confundía con los tipos que seguían hablando entre ellos; di media vuelta y chao, -Nos vemos!.- me dije a mis adentros, lo que me dio pie para irme a otro lado. Los tipos no me siguieron, sin llevarme no obstante varios insultos y llamados.

Había quedado muy disminuido después de esa jornada memorable aunque insípida; empezaba a manifestarse un catarro y todo lo que lo acompaña; me dolía todo el cuerpo y había dormido el camino de vuelta a Santiago. Estaba amaneciendo, el viaje era corto para estos efectos, pero tenía una sensación de vacío de mierda. Nada quedaba claro desde ahora. Había percibido lo que llaman fracaso, creo.

Todo me parecía enfermo, yo mismo me sentía pésimo, me dolían los huesos y la cabeza me pesaba un kilo. Volví a mi casa y era uno de esos días. El sol brillaba sin embargo, introduciendo pausas y espacio para la tranquilidad y el agrado. Desde un segundo piso, me recordaba años más tardes ese mismo día como si se repitiera interminablemente en distintas y variopintas situaciones a las que me enfrentaba; me había marcado y tenía significado. Se refería a cada una de esas situaciones, a su manera.

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